La espiritualidad no es de color de rosa
Últimamente parece que hablar de espiritualidad viene acompañado de una lista bastante larga de requisitos.
- Pensar positivo.
- No puedes enfadarte.
- Tienes que soltar.
- Vibrar alto.
- Comer sano.
- Vestir de blanco, preferiblemente con lino.
- Encender incienso.
- Decir mantras.
- Meditar al amanecer.
- Y, por supuesto, sonreír mucho.
Porque si estás triste, enfadado, frustrado o tienes un mal día… parece que estás haciendo mal la espiritualidad. Y no, la espiritualidad no es eso, al menos no es la espiritualidad que yo entiendo.
Espiritualidad y religión no son lo mismo
Para mí, la espiritualidad tiene que ver con la relación que cada persona establece con su mundo interior, con la vida, con aquello que considera sagrado y con la búsqueda de sentido.
La religión, en cambio, está vinculada a una tradición, unas creencias, unos rituales y una comunidad.
Una persona puede ser religiosa y profundamente espiritual.
Otra puede no pertenecer a ninguna religión y vivir una espiritualidad muy profunda.
Y ninguna de las dos necesita demostrarle nada a la otra.
El problema aparece cuando creemos que existe una única manera correcta de ser espiritual y entonces empezamos a juzgar a nosotros mismos y a los demás.
Las terapias holísticas tampoco son una religión
El Reiki, el Tarot Terapéutico, los Registros Akáshicos, la terapia floral, la radiestesia, la meditación o cualquier otra herramienta holística pueden formar parte del camino personal de alguien.
Pero una herramienta no debería convertirse en una doctrina, una terapia holística no debería decirte cómo tienes que vivir, qué tienes que comer, cómo tienes que vestir o qué emociones tienes permitido sentir.
Su propósito, desde mi manera de entenderlas, es acompañar, ayudarte a mirar y a escucharte, a conectar contigo a encontrar preguntas que quizá llevabas mucho tiempo evitando.
Pero las decisiones sobre tu vida siguen siendo tuyas.
Y luego está la falsa espiritualidad
Esa que nos dice que todo ocurre por algo, que si algo malo te pasa es porque lo has atraído.
Que tienes que perdonar inmediatamente, no debes enfadarte porque el enfado baja tu vibración.
Que tienes que agradecerlo todo, si estás triste necesitas elevar tu frecuencia.
Que debes alejarte de cualquier persona que tenga una “energía negativa”. Y así, poco a poco, podemos terminar utilizando la espiritualidad para no sentir, para no mirar aquello que duele, para evitar conversaciones incómodas y para negar nuestra propia sombra.
Pero la vida no funciona así.
Hay días en los que estamos llenos de luz y hay días en los que estamos hechos un desastre, días en los que agradecemos y otros en los que preguntamos: “¿Por qué demonios me está pasando esto?”
Hay días en los que meditamos y otros en los que lo único que queremos es meternos en la cama y no hablar con nadie.
Y eso también es humano.
No tienes que estar en paz todo el tiempo
Puedes ser espiritual y enfadarte, creer en la energía y tener un día horrible.
Puedes meditar y perder los nervios, hacer Reiki y necesitar llorar.
Puedes trabajar en ti y seguir teniendo heridas, creer en el universo y no entender absolutamente nada de lo que está ocurriendo en tu vida.
Puedes tener fe y tener miedo, estar agradecida y, al mismo tiempo, estar cansada.
Una cosa no invalida la otra.
Porque sanar no significa convertirte en una persona que nunca siente emociones incómodas.
Significa aprender a relacionarte con ellas de una manera diferente.
Y quizá la verdadera espiritualidad tenga mucho menos que ver con parecer iluminados y mucho más con atrevernos a ser honestos con nosotros mismos.
No necesitamos vestir de blanco para ser espirituales, ni vivir rodeados de cristales, hablar en susurros, ni decir “namasté” cada cinco minutos.
Puedes llevar jeans, comer carne, enfadarte, escuchar rock, tener tatuajes, decir palabrotas, llorar en el baño.
Puedes no tener ni idea de qué estás haciendo con tu vida y aun así estar profundamente conectada contigo.
Porque la espiritualidad no debería convertirse en otra forma de perfeccionismo.
No necesitamos crear una nueva versión de nosotros mismos que parezca más pura, más elevada o más consciente.
Necesitamos ser reales, con nuestra luz, nuestra sombra, nuestras contradicciones, con todo aquello que todavía estamos aprendiendo.
Para mí, ahí empieza un camino espiritual de verdad, no cuando conseguimos vivir en un mundo de color rosa sino cuando somos capaces de mirar también aquello que no nos gusta de nuestra propia historia…
y quedarnos ahí el tiempo suficiente para escucharlo, sin juzgarlo, sin maquillarlo, sin convertirlo en una frase bonita para Instagram.
Porque quizá la espiritualidad no consiste en escapar de nuestra humanidad.
Quizá consiste precisamente en aprender a habitarla con más consciencia.
¿Y tú? ¿Qué significa realmente para ti ser una persona espiritual?
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